Lo que el algoritmo no puede decidir por vos

En los últimos años, el marketing digital avanzó hacia un modelo cada vez más automatizado. Plataformas que optimizan audiencias, distribuyen presupuesto, eligen ubicaciones y hasta generan creatividades. El mensaje parece claro: dejá que el algoritmo haga su trabajo. Y en gran parte, funciona. Pero hay una línea fina entre apoyarse en la automatización y delegar completamente la estrategia.

Los algoritmos están diseñados para maximizar resultados en función de señales y objetivos definidos. Si el KPI es clics, buscarán clics. Si es conversiones, optimizarán hacia eso. Pero no entienden el negocio. No saben cuál es el margen de tu producto, qué perfil de cliente es más rentable a largo plazo o qué tipo de posicionamiento querés construir. No distinguen entre una conversión de valor y una que no lo es. Como plantea Esden Business School (2026), muchos errores en marketing digital no tienen que ver con falta de herramientas, sino con falta de visión estratégica. Delegar decisiones clave sin ese marco es uno de ellos.

Durante años, el marketing se obsesionó con el alcance. Más impresiones, más usuarios, más crecimiento. Pero esa lógica empezó a cambiar. Hoy, las plataformas priorizan otra cosa: la atención. Tal como explica la Universidad Camilo José Cela (2025), la retención se convirtió en uno de los indicadores más importantes. Ya no alcanza con llegar, hay que lograr que las personas se queden, interactúen y vuelvan. Los algoritmos están diseñados para detectar exactamente eso: cuánto tiempo mirás un contenido, si lo terminás, si lo compartís, si volvés a consumir algo similar. Y en ese terreno, son extremadamente eficientes.

Pero entender qué retiene no es lo mismo que construir una estrategia de retención. Un algoritmo puede amplificar lo que funciona, pero no define por qué funciona. No construye narrativa, no entiende contexto cultural, no detecta matices en el mensaje. Puede identificar que un contenido genera interacción, pero no sabe si está alineado con el posicionamiento de la marca o si está atrayendo a la audiencia correcta. 

Ahí es donde empiezan los problemas cuando todo se automatiza. Porque optimizar sin criterio puede llevar a crecer en métricas que no necesariamente generan valor. Audiencias que interactúan pero no convierten. Creatividades que performan bien en el corto plazo pero no construyen marca. Inventarios eficientes en costo pero pobres en contexto. El algoritmo hace exactamente lo que le pedís, pero no siempre lo que necesitás.

También hay una tendencia a sobreinterpretar los datos que devuelve. Dashboards cada vez más completos, métricas en tiempo real, señales constantes. Pero tener más datos no significa tomar mejores decisiones. El algoritmo puede mostrar qué está pasando, pero no explica el por qué ni el impacto en el negocio. Como también advierte Esden Business School, medir o interpretar mal sigue siendo uno de los principales frenos al crecimiento.

En paralelo, la creatividad empieza a quedar atrapada en una lógica de optimización constante. Se testea, se ajusta, se itera, pero muchas veces sin una idea sólida detrás. Y ahí se pierde algo clave: la capacidad de conectar. Porque la retención no es solo una métrica, es una consecuencia. Es el resultado de contenido que tiene sentido para la audiencia, que aparece en el contexto correcto y que logra generar algo más que un clic.

Lo mismo pasa con la segmentación. Los algoritmos pueden expandir audiencias, encontrar patrones y escalar resultados. Pero no definen a quién querés atraer como marca. No deciden qué tipo de cliente es valioso ni qué relación querés construir con esa audiencia en el tiempo. Eso sigue siendo una decisión estratégica.

En el fondo, el problema no es confiar en el algoritmo. Es dejar de cuestionarlo. Porque el algoritmo optimiza dentro de un sistema, pero no construye ese sistema. No define objetivos, no conecta canales, no entiende el negocio. Solo ejecuta. Y en un entorno donde la atención es el recurso más escaso, entender cómo funciona es una ventaja. Pero saber cuándo no delegar es lo que realmente marca la diferencia.

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Matilde Cardozo
22/4/26

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